El virus en primera persona: la columna de Pedro Rodríguez

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Miradas que saben mirar, miradas que apenas observan, miradas que ignoran, incluso miradas que no ven, hay de todos y para todos. Recuerdo que de niño, cuando cometía alguna travesura con algún amigo mi madre con mirada protectora nos decía ” Hay, hay . . . Dios los cría y el viento los amontona”. Frase que siempre me resonó.

El Covid 19 posee muchas manifestaciones, pero básicamente están quienes la pasan de manera asintomática, aquellos en los que la sintomatología es leve, y quienes por alguna causa este “bicho” hace estragos en el cuerpo, te somete, te quita las fuerzas, te deja sin voluntad, te regala una neumonía, te quita el oxígeno, te aísla (y tantas cosas más) incluso te quita la vida. A mi me toco estar en este último grupo. Recuerdo llegar un día lunes al Hospital Regional Pasteur, con un estado “crítico”, y la sugerencia orden no se hizo esperar “vas a quedar internado, no estas respirando bien”, a partir de ese momento llamadas telefónicas informando que te traigan ropa, que quedas aislado, que te canalizan, que te pones ropa que quedas todo vestido de blanco, que te suben arriba de una silla de ruedas, que te llevan por los pasillos, y finalmente llegas a una habitación en la cual vas a “vivir allí”, hasta que te cures. Entonces te acordas de la nueva normalidad, y tu vida cambia en apenas horas (supongo que también esto ocurre con otros eventos, excepto que aquí te quedas “solo”) Nosotros los seres humanos nos comunicamos a través de los bordes, es decir a través de los sentidos, en el tacto, en la caricia, en la mirada, en el olfato, en lo que oímos, en lo que degustamos, y cosas curiosa esa comunicación casí siempre es efímera por la sencilla razón que esa comunicación visual se da cuando alguien mira a un otro y ese otro la recibe, en ese preciso instante se establece una conexión que perdura mientras esas miradas se sostengan, luego podrá quedar el recuerdo o no, dependerá de otros factores. No es lo mismo la soledad que la desolación . . . la soledad es un estado “decidido”, es una elección (puedo subir a una montaña y vivir solo allí, pero se que al bajar de ella, tengo un mundo social con el cual puedo interactuar),en cambio en la desolación el sujeto quiere interactuar pero no puede, aunque esté en medio de una multitud. La soledad es un estado provocado, la desolación nos deja cerca de la muerte. Y es en esos momentos en los que quedas aislado, que se presenta la soledad teñida de desolación. La única certeza es la incertidumbre. Entonces vuelve la frase “Dios los cría y el viento los amontona”, y me pregunto ¿como habrá soplado el viento para amontonar a tanta gente que sabe mirar?, ¿Cómo hizo para juntar a tantos seres humanos con tanta profesionalidad?, ¿Cómo se las arregló para poner en el mismo lugar a tan bellas personas con tanta predisposición? Entonces la desolación se disipa, y la soledad no es tan soledad, incluso los dolores no son tan dolores, y te volves a preguntar ¿esta gente de donde salió? y ya no tenes respuesta, solo agradecimiento, gracias a todos, cuando digo “a todos” me refiero a Todos (y no es redundancia), a un montón de gente, que no conozco, pero que si retengo sus miradas, porque ese era nuestro punto de contacto (la ropa y barbijos, y cofias y guantes, solo te quedan libres los ojos) que parece poco de no ser por un pequeño detalle, es gente que sabe mirar.

Fecha: 23 Febrero 2021
Publicado por: Qué nos pasó esta semana